Vigilad el alma

Desde que nos levantamos el Señor está con nosotros, diciéndonos, “Estad alertas, y no os acobardéis” (Ef. 3,13)… que “el Mal, como león rugiente, quiere devoraros” (1Ped 5, 8)

No nos cualifica nuestra buena voluntad sino la acción y la actitud de nuestra vida, que aún en su debilidad siente la urgente necesidad de iluminar la oscuridad del mundo.

“Mantened vuestras lámparas encendidas” (Lc 12,35), que el mundo está sumergido en la noche oscura y necesita la luz de quienes se fían del Señor. ÉL también nos dice, “que vuestra luz brille delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

Nadie puede velar por cada uno de nosotros ni tener el aceite que Dios nos concede y reserva personalmente. El Reino no lo construimos con buenos deseos, sino manteniendo viva la actitud y la sed por construirlo. Lo que no hagamos en su momento no lo podremos realizar en ningún otro, que todos tienen su afán y su misión.

Señor, haz que me fíe de TI, y responda a todo lo que pones en mi corazón, en cada momento, que en todos, TÚ me pides ayudarte.

 

Sobre la confesión

“Purifica primero el interior de tu alma”

La confesión de los pecados nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Cada persona se enfrenta a los pecados de los que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro[1]. Por la confesión de los pecados hecha al sacerdote no se puede dudar que se está presentando ante la misericordia divina para su perdón, de todos los pecados que ha cometido… Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora” (Concilio de Trento: DS 1680; cf San Jerónimo, Commentarius in Ecclesiasten 10, 11).

“Cuando empiezas a detestar lo que hiciste, entonces empiezan tus buenas obras buenas, porque repruebas las tuyas malas… Practicas la verdad y vienes a la luz” (San Agustín; Jn 12, 13).


[1] ¿Podemos llamarnos cristianos, puede vivir una comunidad con conciencia de evangelio si sus miembros no se confiesan, si las oraciones no les mueve a contemplarlas juntos, si en esa contemplación no avanzan juntos, si no se estimulan en el conocimiento personal y común de lo que Dios les invita a seguir, si no se cuestionan el Espíritu y la Verdad de sus vidas, su cercanía y vivencia a lo que el proyecto les pide desde que el Señor los llamó para una misión concreta, que puso en sus manos? ¿Qué garantía y fidelidad personal y comunitaria puede tranquilizar sus mentes,  si entre ellos no tiene cabida la Palabra de Dios, y en este caso Mt. 18, 19 – 20? ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestra presencia en los caminos de Dios tiene como misión primera la búsqueda del Espíritu Santo, del que recibimos cada día su soplo, y que nos da la seguridad y serenidad de sabernos acariciados ý enseñados por ÉL en cada momento y circunstancia?

 

¿Con quién me he casado?

La Iglesia, esposa de Jesucristo. Hoy es la Fiesta de los esposos, de los que se casan con ÉL para traer al mundo “Hijos de Dios”. ¿Pienso de verdad que Jesús, el Esposo, la Palabra, la Vida… quiere casarse, hacerse UNO y SER UNO conmigo, que vive en mi corazón, en el corazón de todos?

De lo que hago, ¿qué cosas conectan con la Fe que digo y creo vivir? ¿Qué galas, qué actitudes y dones son “el traje nuevo”, mi mejor traje, que dan garantía de estar permanentemente “casado con mi Señor”?

Señor. Son muchas las veces que doy la espalda a tu invitación, y aún así, creo que estoy viviendo la Vida que me pides Vivir… contigo. Señor, ¿con quién me he casado? ¿Qué vestido tengo puesto?

Haz que abandone el traje que llevo desde hace años, desnúdame de todas esas actitudes, conformismos, falta de hambre y de celo, de haber olvidado tu Sueño más bello y profundo: el Cielo Nuevo y la Tierra Nueva.

Señor, qué “hijos” están naciendo de mi relación contigo?

Laboratorio de Investigación

Hoy lo hemos leído en el Salmo 101, 16 -23.

“Quede esto escrito para el tiempo futuro,
para que un pueblo renovado proclame y alabe
en Sión el nombre del Señor,
y su alabanza proceda de Jerusalén
cuando se reúnan los pueblos y los reinos,
y Todos Juntos sirvan al Señor”.

“Que el Padre os conceda, por medio de su Espíritu, ser fortalecidos poderosamente en el hombre interior, para que Jesucristo viva por la fe en vuestros corazones, arraigados y fundados en la caridad”. Ef. 3,16.

Hay que sumergirse en el abismo de “Su Nada” y allí lo encontraremos, profundamente, donde nada nos puede turbar.

¿Es que en la búsqueda del Espíritu no necesitamos hacer de nuestra alma “un laboratorio”, en el que analicemos y fortalezcamos nuestro “SER interior” sumergidos en “Su Nada”, donde nada nos puede distraer o confundir? De no ser así jamás lo encontraremos. ¿Acaso podremos lograrlo “Todos Juntos” – Jerusalén y Pueblo -, si no rezamos unos por otros hasta lograrlo, convencidos de la necesidad de “mujeres y hombres de Oración” que tiene nuestro mundo y nuestra Iglesia?